Eredivisie, Fútbol, Premier League, Ronald Koeman, Southampton, Submarino

KOEMAN TIRA DE LA EREDIVISIE PARA QUE EL ‘SUBMARINO INGLÉS’ NO DEJE DE SOÑAR

 

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Kluitenberg, Ronald y Erwin Koeman

El Southampton parece empeñado en fotocopiar en Inglaterra el modelo del Villarreal en La Liga. De momento, el intento le está saliendo de 10. O casi. El caso es que en el coqueto St. Mary’s stadium llevan ya un par de años saboreando días de vino y rosas gracias al notable trabajo de campo de Mauricio Pochettino y Ronald Koeman.

Pocos creían, de hecho, que el experimentado preparador holandés fuera capaz de mantener el nivel exhibido por los Saints durante el pasado ejercicio, que concluyeron en un meritorio octavo lugar con 56 puntos, cifra récord de la escuadra del sur de Inglaterra desde que se creó el formato de la Premier League.

Además de la marcha del técnico hispano-argentino al Tottenham, el Southampton pagó con la fuga de varios de sus mejores elementos (Lallana, Lambert, Shaw, Chambers y Lovren) su excepcional campaña, en la que no anduvo lejos de pisar suelo europeo. Un rotundo éxito impensable apenas tres años antes, con el equipo navegando sin rumbo por la League One (Segunda B inglesa).

El desafío para el célebre Tin-Tin era, por tanto, mayúsculo, cuando decidió abandonar el banquillo del Feyenoord para tratar de reinventar el proyecto de Katharina Liebherr, viuda del multimillonario suizo Markus Liebherr, quien adquirió el club en 2009 cuando estaba a punto de rememorar el hundimiento del Titanic (el auténtico se hizo a la mar desde el puerto de Southampton un siglo atrás) con el traumático descenso de la Championship (Segunda), unido a una sanción administrativa de 10 puntos con la que debió arrancar la siguiente temporada en la tercera categoría del balompié sajón.

Contar con el respaldo de la mejor academia de fútbol de todo el país (cuna de Matt Le Tissier, Alan Shearer, Theo Walcott, Alex Oxlade-Chamberlain o del mismísimo Gareth Bale, entre otros), era un punto muy a favor para un técnico acostumbrado a sacar petróleo de los ricos viveros holandeses.

Para semejante cometido, se hizo acompañar en esta su primera incursión en suelo inglés de Jan Kluitenberg, un auténtico gurú en el trabajo de cantera que ya estuvo a su lado en sus fructíferas etapas con AZ Alkmaar, Benfica y Feyenoord.

Pero con la muchachada, por buena que fuera, no bastaría para volver a poner en jaque a los grandes de la Premier. Tocaba hilar fino con los refuerzos y los Koeman (su hermano mayor, Erwin, hace las veces de primer ayudante) fijaron la vista en la competición que mejor conocen: la Eredivisie.

Inveterada cuna de magníficos talentos ofensivos y a precios razonables, el fútbol holandés ha cubierto buena parte de las necesidades de un Southampton que, superado largamente el ecuador de la Premier, no se ha bajado del quinteto de cabeza desde que el pasado verano arrancara la liga más potente del planeta fútbol.

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Dusan Tadic y Graziano Pellè.

Buena parte de culpa del temporadón que se están marcando los Saints la tienen el serbio Dusan Tadic y el italiano Graziano Pellè.

Los 22 millones de euros pagados al FC Twente y Feyenoord por el fino interior ambidiestro, ex del Groningen, y el cazagoles internacional transalpino, ex de AZ y Sampdoria, entre otros, no tardaron en traducirse en goles decisivos y asistencias.

Las ocho dianas de Pellè y la precisión quirúrgica en el pase de Tadic, un futbolista con una excepcional capacidad para gestionar el juego de su equipo pegado a la línea de cal, han servido para que la hinchada rojiblanca no se acuerde más de Lambert y Lallana, sus referentes durante las dos últimas campañas.

De los nueve fichajes realizados por Ronald Koeman, cinco proceden del campeonato neerlandés, son de nacionalidad holandesa o se han forjado futbolísticamente en el país de los tulipanes. El atlético Toby Alderweireld (ex Ajax) llegó para apuntalar la línea defensiva, mientras que el hábil extremo holandés Eljero Elia (ex ADO Den Haag y Twente) y el elegante interior serbio Filip Djuricic (ex Heerenveen) han sido los últimos en arribar a la ciudad sureña durante el pasado mercado invernal.

El único jugador de peso llegado este año al St. Mary’s que no tiene vinculación alguna con la Erevidisie es el senegalés Sadio Mané, a quien el que fuera técnico del Valencia ha puesto en el mapa tras sacarlo de la Bundesliga austriaca a cambio de 7’5 millones de euros, que fue la cantidad abonada al Red Bull Salzburgo. Tampoco la tienen el meta Foster (Celtic), el central Gardos (Steaua Bucarest), ni el ariete Shane Long (Hull City).

La fe a ultranza de Koeman en el fútbol que le vio nacer queda reflejada en los casos de Elia y Djuricic. Los recién llegados apenas estaban gozando de minutos en el Werder Bremen y Mainz, respectivamente, circunstancia que aprovechó el técnico del Southampton, perfecto conocedor de sus cualidades, para convencerles de que cambiaran de aires y pusieran rumbo a las Islas Británicas.

La arriesgada apuesta por Elia, un atacante de enorme calidad pero siempre inmerso en polémicas por sus extravagancias y difícil carácter, le está saliendo de momento a pedir de boca al rubicundo preparador de Zaandam. Después de un buen debut como titular frente al Manchester United, resultó clave en la victoria sobre el Newcastle en St. James’ Park (1-2), convirtiendo los dos tantos de los Saints.

Koeman también está contando asiduamente con el central internacional japonés Maya Yoshida, que llegó hace un par de temporadas a Inglaterra tras curtirse en la Eredivisie durante más de cinco años jugando para el modesto VVV Venlo junto a su compatriota Keisuke Honda (Milan).

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Filip Djuricic.

Y claro, como no podía ser de otro modo, el esquema táctico utilizado por el héroe de la primera Copa de Europa del Barça es el 1-4-3-3, santo y seña de la escuela tulipán desde los tiempos de Rinus Michels y su inolvidable Ajax.

Con semejante propuesta, el submarino inglés ya ha torpedeado y hundido en lo que va de campeonato a Manchester United, Arsenal, Everton y Newcastle, amén de haber forzado unas tablas con el líder Chelsea en un St. Mary’s donde los pinchazos de las dos últimas semanas (empate ante el West Ham y derrota con el Liverpool, ambos en casa) no han mermado un ápice el entusiasmo por el brillante caminar de los suyos.

Y es que en el afamado puerto del sur inglés no disfrutaban tanto con el juego de los Saints desde los happy nineties, con aquella escuadra liderada en el césped por el inimitable y siempre presente Le Tissier.

 

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Craven Cottage, Fútbol, Fulham, Londres, Támesis

EL COTTAGE MÁS FAMOSO DE ‘LA CITY’ SEGUIRÁ ACAMPADO A LA VERA DEL TÁMESIS

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FOTOS: DAVID RUIZ

Su decimonónica fachada victoriana de ladrillo rojo asistió en silencio durante casi dos décadas a las hazañas del gran Johnny Haynes (su Di Stéfano particular), disfrutó un año entero de las filigranas de George Best y Rodney Marsh, gozó una noche inolvidable de la magia de Pelé y su Santos, pero también padeció los bombardeos alemanes en la Batalla de Inglaterra e, incluso, fue transformado durante los años de la Segunda Guerra Mundial en campo de adiestramiento militar para reservistas y tropas estadounidenses llegadas a Gran Bretaña para preparar el Día D.

Atenazado como un emparedado entre el río Támesis y Bishop’s Park, la ajetreada historia de Craven Cottage se unió para siempre a la del Fulham Football Club, la escuadra profesional más antigua de La City (1879), cuando Arthur Thomas, primer tesorero de la entidad, adquirió en 1890 los terrenos del centenario pabellón de caza real propiedad del Barón William Craven, que había sido pasto de las llamas un par de años antes.

El decimotercer y definitivo feudo de los Cottagers levantó el telón oficialmente en 1896 con una goleada sobre el Minerva (4-0) en la Middlesex Senior Cup. Fue la primera cita de un idilio que dura ya 119 primaveras y que, a partir de este año, cobrará una nueva dimensión con la puesta en marcha de las obras para la reconstrucción del Riverside Stand, la grada que da su espalda al Támesis.

Un ambicioso y vanguardista proyecto urbanístico, aprobado al alimón en 2013 por el municipio de Hammersmith & Fulham y el Consejo Directivo del Puerto de Londres, que además de ampliar el aforo del vetusto terreno de juego de los Whites hasta las 30.000 localidades y sustituir sus deterioradas torretas de la luz por otras de energía sostenibleabrirá una vía de acceso bajo las tripas de la citada tribuna que dará continuidad, después de más de un siglo, al mítico Thames Path, la ruta pedestre que recorren diariamente viandantes y turistas a la vera del río más famoso del Reino Unido.

Precisamente, la pertinaz alteración del citado camino por causa de la ubicación del estadio había sido en las últimas décadas el principal ariete esgrimido por un sector importante del vecindario del área de Putney para solicitar la demolición de uno de los campos con mayor solera del fútbol británico. Empero, la propuesta de claro perfil ecológico presentada por la entidad que preside el magnate paquistaní Shahid Khan garantizará la supervivencia de uno de los escasos templos del deporte mundial que aún conserva en su tribuna principal los asientos originarios de madera.

Las curiosidades y anécdotas históricas que esconde la casa del Fulham darían para escribir un libro. Algunas de ellas, las más conocidas, encandilan a todo aquel amante del balompié que se anima a realizar el tour que organiza el club un par de veces por semana.

Atravesar la puerta principal de Stevenage Road garantiza al visitante retroceder en el tiempo durante hora y media para conocer de primera mano, acompañado de un peculiar sabor añejo, sus tesoros más preciados. Empezando, claro está, por la joya de la corona: el Cottage Pavilion.

Construída en 1905 junto con la tribuna principal (rebautizada en 2005 como Johnny Haynes stand) por el renombrado arquitecto escocés Archibald Leitch, esta casa tradicional inglesa alberga en su interior los vestuarios de los dos equipos y una sala de estar donde se reúnen los técnicos a la conclusión de los partidos. La balconada que da al césped conserva intactos una cincuentena de asientos de madera desde los que familiares y amigos de los jugadores pueden disfrutar del espectáculo deportivo.

La revolucionaria iniciativa de Leitch de colocar un Cottage como separación entre la grada principal y uno de los fondos, el Putney End, fue realmente su ingeniosa manera de disimular un grave error cometido en los planos originales: el arquitecto había olvidado reservar un espacio para los vestuarios, de modo que, ya con la obra en marcha, tomó la decisión de rendir homenaje al antiguo pabellón que ocupó dichos terrenos antes de que fueran adquiridos por el Fulham.

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FOTO: FFC

La identificación de los hinchas locales con tan peculiar edificio fue tal que muy pronto lo adoptaron como símbolo del club, pasando a ser conocidos dentro de la fauna del fútbol londinense como los Cottagers.

La larguísima y espectacular fachada de la tribuna Johnny Haynes, la más longeva del balompié inglés, es la otra gran joya arquitectónica de Craven Cottage y cuenta, al igual que la casa club, con la protección del English Heritage (Patrimonio Inglés).

En 1999 recibió un importante lavado de cara gracias al dinero aportado por un numeroso grupo de seguidores del club que, agrupados en torno a la organización llamada Fulham 2000, no dudaron un segundo en echar una mano al equipo de sus amores para salvaguardar su histórico legado y honrar, de paso, el lema que preside la entrada del Cottage: Still believe (seguir creyendo).

Su imperturbable techumbre a dos aguas y el graderío rezuman aún ese aroma decimonónico que desprenden sus imbatibles butacas de roble, reservadas para los seguidores con más horas de vuelo en el coliseo. La veteranía sigue siendo un grado por estos pagos.

La alargada estructura, sostenida por vigas de hierro, sustituyó hace más de un siglo a cuatro pequeñas tribunas de madera unidas en forma de caja, conocidas cariñosamente como Rabbit Hutch (La conejera).

Una hermosa heráldica en relieve sobre el ladrillo rojo de la fachada menciona el año 1880 como el de la fundación del club. Otro error de bulto que añadir al debe de Archibald Leitch, puesto que los Cottagers nacieron doce meses antes, bajo el nombre de Fulham St Andrew’s Church, cuando un maestro de escuela y el capellán de la citada iglesia, sita a 300 metros del actual terreno de juego, decidieron armar un equipo de fútbol con el que entretener a los chicos del barrio.

El Putney End, o fondo sur del estadio, es la zona neutral de Craven Cottage. Originariamente pensado para albergar a las huestes rivales, el buen ambiente que siempre ha reinado en la casa del Fulham y la calidez con la que tradicionalmente son recibidos los visitantes que llegan a orillas del Támesis para apoyar a su equipo, llevó al club del west London a solicitar a la FA en 2004, con motivo de la remodelación del estadio, una licencia especial para poder mezclar en dicho graderío a seguidores de ambas escuadras.

La ausencia de antecedentes conflictivos a lo largo de más de 100 años de historia en el interior del hogar de los Cottagers bastó para que se les concediera el permiso, siendo el único equipo de todo el Reino Unido que goza de semejante privilegio. Por tal motivo, al Putney End se le conoce por el apodo de Little Switzerland (Pequeña Suiza).

El Riverside Stand, o grada del río, cuenta con otra particularidad que la confiere de un carácter especial. La esquina que la separa del Putney End está presidida por un platanero, a la sazón el único árbol que existe hoy día en el interior de un estadio de fútbol profesional en toda Gran Bretaña.

La Hammersmith Stand (fondo norte), para no ser menos que sus vecinas, tiene su propia anécdota, sin duda alguna la más disparatada de este hermoso rincón londinense. Entre 2011 y 2013 albergó una estatua de Michael Jackson que el anterior propietario del club, el egipcio Mohamed Al Fayed, mandó construir como homenaje al controvertido cantante estadounidense tras su muerte.

Amigo personal de Al Fayed, el inolvidable Rey del Pop asistió en 1999 a un encuentro del Fulham en el Cottage y, pese a estar lejos de ser un fanático del deporte rey, quedó prendado del ambiente que vivió durante el choque. “Los fans del Fulham se parecen mucho a la gente que va a mis conciertos. Tenía ganas de saltar y empezar a bailar”, reconoció el menor de los hermanos Jackson.

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El advenimiento de Shahid Khan como nuevo dueño del club provocó algunos cambios, de los cuales el más significativo fue su decisión de retirar del interior del estadio la figura del malogrado intérprete afroamericano, lo que provocó el monumental enfado de un Al Fayed que le advirtió de las consecuencias funestas que tendría semejante medida.

Dicho y hecho. El dramático descenso a Segunda sufrido por el Fulham a la conclusión de la pasada campaña, la primera del multimillonario paquistaní al frente de los Cottagers, reavivó la polémica en torno a una estatua que Al Fayed acabó donando al National Football Museum de Manchester.

El ex propietario de los almacenes Harrods achacó a la decisión de su sucesor de sacar a Jackson de la Hammersmith stand la caída a los infiernos del Fulham luego de 13 años en la máxima categoría. Incluso llegó a confesar recientemente que, después de consumado el fatal desenlace, Khan le pidió que volviera a traer la estatua a su sitio original. Y Al Fayed, claro está, se ha negado, al menos de momento. To be continued…

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Alemania, Dynamo Dresden, Fútbol, Ultras

EN DRESDEN LOS ULTRAS DEL DYNAMO PAGAN LOS DESPERFECTOS

dresden fansTal vez sea por el hecho de estar vinculado desde su nacimiento (1950) a las fuerzas de seguridad de la antigua RDA, cuando atendía al nombre de SG Volkspolizei, el caso es que el Dynamo Dresden lleva ya una década embarcado en una cruzada a sangre y fuego para poner coto a los desmanes y conatos de violencia aún frecuentes de sus hinchas más radicales, considerados los más conflictivos y peligrosos del fútbol alemán después de la reunificación de la otrora patria de los nibelungos.

Por desgracia, apenas sí quedan vestigios de las glorias deportivas obtenidas cuando los amarillos disputaban la extinta Oberliga, de la que fueron ocho veces campeones (sólo superados en número de títulos por el otro Dynamo célebre, el de Berlín). La caída del Muro supuso también el canto del cisne del floreciente fútbol de la República Democrática Alemana, cuyo momento culmen fuera la participación de su selección en la fase final del Mundial de 1974 y la consecución, ese mismo año, del título de la Recopa por parte del Magdeburgo.

La escuadra de Dresden revivió en muy poco tiempo la pesadilla latente de su viejo feudo, el Rudolf Harbig, cuando el 13 de febrero de 1945 fue convertido en un amasijo de hierros víctima del peor bombardeo aéreo llevado a cabo por las fuerzas aliadas sobre territorio germano durante la II Guerra Mundial. El Dynamo se hundió en las catacumbas del fútbol reunificado, de las que sigue sin salir del todo, por cuanto en la actual temporada milita en Tercera división, tras haber descendido en mayo del pasado año.

La veloz zozobra sobre el manto verde del Dynamo fue inversamente proporcional al crecimiento de su movimiento ultra, que poco a poco acabaría copando el ránking de incidentes graves tanto dentro como fuera de los recintos deportivos teutones.  La elevada asistencia de una afición que nunca ha dado la espalda a su equipo jugó en favor de los violentos, que aprovecharon la delicada coyuntura económica del Este alemán para reclutar a no pocos jóvenes decepcionados con el rumbo que iba tomando su nuevo mundo, su renaciente patria.

Los continuos enfrentamientos entre ultras de diferentes equipos obligaron a las autoridades alemanas a tomar medidas drásticas a comienzos de la presente centuria. Los clubes, por su parte, se implicaron de lleno en la purga de indeseables de sus estadios. El objetivo era devolver el fútbol a las familias con niños, sus antiguos dueños, para que volvieran a gozar del espectáculo en la cancha sin temor a verse envueltas en reyertas o ajustes de cuentas entre hinchas radicales.

Esa guerra contra los violentos se zanjaría con una victoria rotunda del fútbol en la práctica totalidad de los rincones de la geografía alemana. No así en Dresden, donde sus ultras siguen liándola a la que pueden. Su más reciente fechoría acaeció el pasado 25 de octubre durante el encuentro del Dynamo ante el MSV Duisburg, en el estadio de éste.

Un grupo de 120 miembros de los llamados Devils Dynamo obligaron a detener el juego varios minutos tras lanzar diversas bengalas sobre el césped. A la salida, destrozaron una cervecería tras incitar a una pelea multitudinaria a seguidores del equipo local. El Tribunal del Deporte Alemán (GAF) sancionó al Dresden con una multa de 8.000 euros por ambos sucesos.

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Asociada ideológicamente con la extrema derecha, la facción más radical de los ultras del Dynamo, hermanada con sus pares del FK Sarajevo bosnio, los peligrosos Horda zla (Hordas del Diablo), se ha convertido con el tiempo en el enemigo público número uno del fútbol germano y, por ende, objeto de persecución implacable por parte de las fuerzas de seguridad, cuyos ímprobos esfuerzos han logrado disminuir notablemente su número de efectivos.

Hace un par de años, con motivo del regreso de la escuadra amarilla a Segunda división, las autoridades prohibieron el ingreso en todos los estadios de la categoría a 238 de sus miembros, que debían presentarse en las dependencias policiales antes del inicio de cada partido del Dresden.

UN TRIBUNAL PROPIO PARA JUZGAR A SUS HINCHAS

Esa mano dura y tolerancia cero del Estado con los hinchas radicales del Dynamo ha contado desde el primer instante con el apoyo incondicional del club. No en vano, la reiteración de actos vandálicos en el interior del vetusto Rudolf Harbig, primero, y posteriormente en el Glücksgas Stadion, el coqueto terreno de juego del Dynamo desde 2009, obligó a los dirigentes del popular club amarillo a adoptar un paquete de medidas que han contribuido a socavar los sólidos cimientos de esta banda de delincuentes disfrazados de aficionados.

La más llamativa y dolosa desde el punto de vista económico para sus bolsillos fue la de cobrar un plus de 5 euros con la entrada a todos los hinchas que ocupan el Block K (fondo norte), para costear los desperfectos que ocasionen tanto en su propio coliseo como en los alrededores del mismo.

Del igual modo, se prohibió el consumo de alcohol en el interior del estadio y en las gradas, un detalle no menor ya que la ingesta de cerveza forma parte de la tradición futbolera alemana, muy arraigada entre sus seguidores.

Por último, el Consejo de Administración del Dynamo instauró la llamada Comisión de Audiencia para la Prohibición de Acceso al Estadio (SVAK), una suerte de tribunal de justicia deportiva de puertas adentro que evalúa permanentemente el comportamiento de sus radicales, así como los incidentes en los que participen para proponer al Consejo una sanción o, llegado el caso,  su expulsión del club como socio o simpatizante.

Los mecanismos de funcionamiento de la citada comisión no varían mucho de los de un tribunal administrativo de faltas: toda vez que el individuo ha sido identificado, el SVAK analiza su grado de participación en los actos vandálicos antes de convocarle por carta a una vista oral -rara vez se presentan- en la que puede dar su versión de los hechos.

Luego de escuchar sus alegaciones, la comisión eleva al Consejo una propuesta de castigo, que puede ir desde la prohibición de acceso al estadio por un número de encuentros determinados hasta la retirada definitiva de su carnet de abonado o, en su defecto, impedirle la entrada a cualquier recinto deportivo vinculado al Dynamo de por vida. La notificación de la sentencia al afectado se realiza en un plazo máximo de dos semanas.

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FOTOS: DAVID RUIZ

Gracias a esta comisión, inaugurada en 2007, el equipo en el que dio sus primeros pasos como profesional Matthias Sammer ha logrado expulsar a más de un centenar de ultras de un imponente graderío en el que se dan cita habitualmente 9.000 aficionados (la capacidad total del estadio es de 32.000) y que en cada partido gustan de sorprender al resto de seguidores con un tifo de apoyo a su escuadra.

De hecho, los murales (o tifos) de animación del Dynamo Dresden acostumbran a ser nominados cada año entre los más originales del balompié teutón. No todo había de ser negativo en una hinchada que anhela volver a ver al equipo más laureado de la extinta RDA codearse con la flor y nata de la Bundesliga, una categoría que perdió hace ya un par de décadas. Sin violentos, a ser posible.

 

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CAN 2015, Costa de Marfil, Fútbol, Final, Herve Renard, Marabú

RENARD Y SU CAMISA DE LA SUERTE PARA ESPANTAR EL ‘MARABÚ’ DE COSTA DE MARFIL

FOTOS: DAVID RUIZ

FOTOS: DAVID RUIZ

Su aspecto de playboy de la Costa Azul fue un serio obstáculo a la hora de abrirse camino en el mundo de los banquillos, tras poner fin de manera prematura a su carrera como futbolista.

Pero hoy son pocos los que ponen reparos a la capacidad de Hervé Renard como estratega. No cabe duda que haber llevado a la final de la Copa de África a Zambia hace tres años para batir contra todo pronóstico a Costa de Marfil, justo el combinado que en la presente edición de la CAN está bajo su mando, le consagró definitivamente en el Olimpo del balompié, muy especialmente en el del continente negro. De hecho, ha sido su mayor logro desde que hace más de una década se pusiera al frente del modesto Draguignan, en la Segunda Nacional francesa.

Curiosamente, la trayectoria del entrenador con más pedigrí actualmente en África guarda cierto paralelismo con la de su compatriota Zinedine Zidane, puesto que Renard se subió a lo más alto del podio tras aquella final disputada en Libreville sin tener el preceptivo título oficial, que sólo se sacaría un año más tarde.

Enérgico y visceral cuando dirige a sus huestes, siempre de pie, apoyado contra uno de los extremos del banco de suplentes, el preparador natural de Aix-les-Bains se mete en el bolsillo a los periodistas en las distancias cortas con su exquisita educación y su sonrisa de Profidén.

Ese irresistible encanto de empedernido rompecorazones y su incontenible pasión por el fútbol le ayudaron a engatusar a quien ha sido su gran mentor en los banquillos: Claude Le Roy. El preparador con más Copas africanas a sus espaldas (ocho, sumando la actual, en la que ha dirigido a Congo-Brazzaville) empezó a inocularle su gusto por las aventuras exóticas ofreciéndole en 2001 un puesto como ayudante en el Guizhou Renhe chino.

La sociedad Le Roy-Renard volvería a juntarse en Europa para dirigir los destinos técnicos del Cambridge United, en la Cuarta división inglesa. Empero, no sería hasta 2008 cuando el ahora jefe del máximo favorito a conquistar la trigésima edición de la CAN haría su primera incursión en el continente que se ha convertido en su segundo hogar: Le Roy le volvió a incluir en su equipo de trabajo para guiar los pasos de Ghana en un torneo del que fue anfitrión.

La tercera plaza obtenida y, sobre todo, esa inigualable atmósfera que rodea al campeonato africano de naciones, convencieron al ex defensa central del Cannes, Stade de Vallauris y Draguignan de haber encontrado su lugar en el mundo del fútbol. Tanto es así que, a excepción de una breve y decepcionante etapa al mando del Sochaux, al que no pudo salvar del descenso en el pasado ejercicio liguero, todos sus destinos han tenido desde entonces un genuino aroma a aventura en esa tierra de mitos, conjuros esotéricos y leyendas extraordinarias.

Sus paradas en Zambia, Angola, Argelia y de nuevo en Zambia forjaron el prestigio de este nuevo mago blanco que, título continental de por medio, logró el pasado verano dar el salto de calidad con el que soñaba desde que cambió el césped por los banquillos: dirigir a Costa de Marfil.

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El fútbol alegre y atrevido que los Chipolopolo desplegaron en 2012, curiosamente también en Guinea Ecuatorial (y Gabón), convirtieron en legión a sus seguidores por toda África. Un bonito legado aquel inesperado éxito que el rubicundo técnico francés trata de aprovechar ahora en favor de su poderosa manada de Elefantes camino de una nueva corona continental.

A pesar de que el juego desplegado por los marfileños no ha despertado a lo largo del presente torneo el mismo entusiasmo que el de su Zambia, Renard ha ido modelando una escuadra en proceso regenerativo que dio su mejor versión en cuartos de final ante la potente Argelia de Feghouli y Brahimi.

Superado sin mayores problemas el escollo de la República Democrática del Congo en semifinales, la Naranja Mecánica africana se presentará este domingo en Bata con la meta inequívoca de tratar de quebrar frente a Ghana un maleficio que dura desde 1992. Caprichos del destino, fueron los Black Stars el enemigo al que Costa de Marfil derrotó tras una interminable tanda de penaltis (11-10) el que, por ahora, constituye el único título de las huestes naranjas en la historia de la CAN.

Dicen en el país de los Yaya Touré, Bony, Salo Kalou o Gervinho que fue el Marabú, la magia negra africana, la causante de que esta maravillosa generación de futbolistas encabezada por Didier Drogba -ausente ya en esta CAN- se haya dejado dos títulos desde el punto fatídico (2006 y 2012) y haya caído sin honor en las ediciones de 2008, 2010 y 2013.

Pero a diferencia de todos esos torneos precedentes, Costa de Marfil cuenta ahora con un antídoto aparentemente infalible para espantar los malos espíritus de la portería de Sylvain Gbohouo, el guardameta del Sewé Sport local que ha desbancado (al fin) de la titularidad al sobrevaloradísimo Kopa Barry: la camisa de la suerte de Renard.

El preparador galo, que aspira a ser el primero en sumar dos Copas de África con dos selecciones diferentes, cree a pies juntillas que buena parte de sus éxitos en este continente están relacionados con una camisa blanca, elevada a la categoría de gris-gris (amuleto de la suerte), que luce en todos los partidos.

El técnico de 46 años llevó esa prenda en todos los encuentros disputados por Zambia en 2012, una cábala que ha repetido en los cuatros duelos que Costa de Marfil ha jugado ahora en Malabo. El propio Renard confiesa que semejante superstición se remonta a la Copa de África de 2010, su ópera prima en el continente negro.

“En Angola debutamos frente a Túnez y empatamos. Ese día llevé esta misma camisa blanca. Pero perdimos el siguiente partido, en el que yo había cambiado y llevaba una azul. Para el tercer partido volví al blanco y ganamos, así que ya no me la quité”, apuntaba tras mandar a casa a los Zorros del Desierto.

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Renard volvió a usar dos años más tarde la misma prenda en el debut de Zambia frente a Senegal. El inesperado triunfo sobre los Leones de la Teranga le convenció de que ya no se la sacaría en toda la competición. “Esta camisa me ha dado suerte siempre, así que lo único que me preocupa realmente, antes de cada partido, es que esté limpia para poder usarla. Uno no debe correr riesgos innecesarios”, señala entre risas el guaperas francés. Difícil papeleta para la tropa que lideran los hijos del mítico Abedi Pelé.  

 

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